Bienvenidos

Desde la Junta de Gobierno de la Hermandad de la Santa Cruz de la Calle Sevilla y en nombre de todos los hermanos de esta Centenaria corporación, os damos nuestra más cordial bienvenida a este blog, que con seguridad nos servirá a todos para conocer mejor nuestra Hermandad y su vida asociativa, y así enriquecernos a nivel personal y colectivo.

Historia

La Cruz es símbolo de dolor, de aflicción para el orden Cristiano, pero la Cruz es también signo de victoria, de resurrección, y de glorioso triunfo.

El origen exacto de esta Hermandad, es remotísimo, desconociéndose la fecha exacta de su fundación, pero por tradición y por antecedentes aportados por los más ancianos de la ciudad, puede asegurarse que sus actividades se iniciaron con anterioridad al siglo XIX.

Desde hace siglos, en plena sazón de primavera, las calles de La Palma del Condado rivalizaban adornando y dando cultos festivos a sus ingenuas Cruces corraleras, y de vecinos, de tal manera que todo el pueblo se convertía en un autentico semillero de Cruces de barrio, adornadas con flores y romero traído del campo alto. A comienzos del siglo pasado, coyunturalmente con la expulsión de las tropas napoleónicas supuso un cualitativo relanzamiento de las fiestas de la Cruces en La Palma. Aquella calle Sevilla, que nacía en la pescadería y no llegaba más allá de la ermita de San Roque, aquella calle Sevilla salpicada de posadas y casas de vecinos, apropiado caldo de cultivo para la formación de corros y bailes que exaltasen al sagrado madero preparado para la ocasión.

Aquella Calle Sevilla que a principios del siglo XIX fue tomando poco a poco cuerpo la gestación de una Hermandad, y una Santa Cruz para todo el vecindario, una ilusionante tarea que implicó a fervorosas familias.

La historia formal de nuestra Hermandad se establece en el año 1.808, en día no determinado, al calor del pan de bazo, en la casa que hoy lleva el número 45 de gobierno de la actual calle Manuel Siurot, tres palmerinos de la calle Sevilla, acuerdan constituir la Hermandad de la Santa Cruz. Los mencionados señores fueron D. Miguel Díaz Benjumea, D. Ildefonso Moreno Rodríguez, y D. Antonio Rodríguez Antúnez. Estos mandan labrar una Cruz tosca de madera, la misma que recibe culto peculiar a los simulacros de esta especie.

Comenzó a centralizarse los festejos de todo el sector, colgaduras y bambalinas, romerías organizadas y Bandas de músicas. Digamos como nota anecdótica, que el jolgorio propio de estos días festivos obligó, en algunos pueblos de la comarca, a tomar severas medidas en favor de la serenidad de la celebración.

Casi espontáneamente, al llegar el mes de mayo se organizaban alegres comidas campestres con recogida de abundante romero para adornar a la Cruz. Chicos y mayores de ambos sexos regresaban al atardecer en jovial cabalgata. Llegado era el momento de colocar el romero, decorar a la Cruz con él, cantar y bailar en su honor...

Pero en nuestra Hermandad, la señorita María Antúnez no estaba dispuesta a consentir semejantes "dislates". La Cruz, la "Santa Cruz", aquel vetusto madero que conoció desde pequeña, no era para ella ningún objeto de diversión, de ninguna manera podría permitir que permaneciera horas enteras en la calzada expuesta al polvo, al barro y a la suciedad, ni mucho menos a aquellas "alegrías" juveniles (reminiscencias paganas de tiempos ancestrales con que ensalzar la nueva vida primaveral).

Para María Antúnez la autentica vida era la que nos trae Jesús con su Pasión, Muerte y Resurrección, de todo lo cual la Cruz es símbolo y, como tal, merecedor de gran respeto. Ni corta ni perezosa agarra a la Cruz y se la lleva a su casa, vivienda, ya entonces de dos pisos, hoy propiedad del Sr. Pedro Pérez Flores. Allí estuvo hasta finales del siglo guardada celosamente en un gran cajón de la parte alta, y en una habitación de la planta baja, estaba constantemente preparados dos grandes espejos y unos viejos ramos de flores esperando la llegada del mes de Mayo. Allí seguirían celebrándose las fiestas, eso sí, bajo la batuta de señora Mariquita Antúnez.

Los deseos de María Antúnez de un futuro lleno de Espíritu Cristiano para las fiestas de la Cruz llegarían a hacerse realidad en 1.903, cuando la antigua "corporación" crucera se erige en HERMANDAD al ser aprobadas sus reglas por el entonces Cardenal de Sevilla, Don Marcelo Spínola Maestre.

Esta Erección Canónica aparece firmada por el arzobispo citado, quien rubrica, y por el Vicario de la Archidiócesis D. Manuel Jiménez. María Antúnez había fallecido hacia poco. Pero su nieta, Natalia Rodríguez, era la camarista de la Cruz y una de las personas que con más ahínco trabajaron por el reconocimiento Canónico de la Hermandad. Ella, el Cura Millán y la Directiva hicieron posibles los deseos de María Antúnez: "Unas solemnidades dignas, cual corresponde a lo que la Cruz representa".

Las primitivas Reglas es el documento más antiguo existente que posee la Hermandad, redactadas un 18 de Mayo de 1.903, por tres de sus Directivos, el Hermano Mayor D. Francisco Calle Duque, el Secretario D. Francisco Rasgado y el Tesorero D. Antonio Morales Llera, con la inestimable colaboración del Párroco D. José Pérez Hinojosa, y D. Juan Bautista Millán González (el popular "Cura Millán).

Estas primitivas Reglas se realizaron con el fin de conseguir la aprobación eclesiástica de la Hermandad ese mismo año. Una copia de las mismas se remite al Arzobispo Hispalense introducidas por una solicitud escrita por D. Jaime Díaz Rañon con el siguiente texto:

" Desde muy antiguo viene dándose culto público en esta villa de La Palma a la Santa Cruz por una corporación llamada Hermandad de la Santa Cruz, sin estar establecida canónicamente y deseando para mayor gloria de Dios y esplendor del culto divino elevar a Canónica la referida Hermandad..."

Tras algunos trámites de rigor, el 21 de julio de 1.903, las Reglas son aprobadas por el Arzobispo de Sevilla D. Marcelo Spínola Maestre.

Aquella aprobación canónica (ratificada siete años más tarde) venían a conferirle a la Hermandad la tan deseada y esperada oficialidad.

Por aquellas fechas, es decir a finales del siglo XIX y principios del XX, los hermanos de la Hermandad de la Santa Cruz pagaban una cuota anual de 10 pesetas, más 10 céntimos semanales. Celebraba novena en la Parroquia desde el 24 de abril al 2 de mayo para al día siguiente (el día de la Cruz) trasladar la Santa Cruz en procesión y rosario a casa del Hermano Mayor, “en la cual estará arreglada según costumbre una Habitación y en ella se colocará para que aquella noche esté de manifiesto y se le haga su velada”...         

Ya desde el siglo pasado al menos, las familias de la calle Sevilla, rivalizaban entre ellas para albergar a la Santa Cruz en sus respectivas casas los días de la festividad, dedicándole una habitación profusamente adornada.

Para la calle Sevilla, 1910 resultó concretamente de vital importancia ya que el 8 de mayo el Arzobispo Don Enrique Almaraz y Santos confirmaba la aprobación canónica de la Hermandad y de sus Reglas.

Desde 1903 a 1909 fue Presidente de la Hermandad Don Francisco Calle Duque, a quien sustituye un personaje clave en la historia del crucerismo piompero: Don Manuel Calero Gómez, quien permaneció al frente de la Hermandad durante toda la segunda década del siglo.

A lo largo de ese decenio, y bajo el mayorazgo de ese potentado terrateniente, la devoción a la Santa Cruz alcanzó gran auge y esplendor en la calle Sevilla. Junto a él trabajaron otros inquietos hermanos como Ramón Bustamante, José Correa, Manuel Limón, Dolores Calero, Juan Díaz, Manuel Vázquez, Ramón Varela,...

La derrochante hospitalidad de los hermanos mayores venían a alimentar los ánimos cruceros y a espolear a los hermanos para conferir cada año mayor brillantez a los festejos y procurar para la Cruz una sala lo más lucida posible (“aquella salita” –escribió el presbítero Alfonso Cepeda Rodríguez- “recoleta y pulcra, repleta de doradas cornucopias; y entre ellas, sobre rico y florido altar, el bendito madero de la Cruz refulgente”...)

La rivalidad crucera, por lo demás, llega en esta segunda década del siglo a ser tan enconada que se decreta la prohibición de los romeritos por causa de un lamentable incidente. No se restablecerían hasta 1924. Un crispado ambiente trasladado también a escala municipal, con frecuentes huelgas laborales.

El estímulo renovador, en fin, lleva a la Hermandad a comprar en 1925 un lujoso paso de plata. Fue una costosa adquisición.

Al auge crucero de los año veinte sucede una fase de empobrecimiento general en cuanto a ilusiones y recursos. La inestabilidad política de la 2ª República y la posterior guerra civil hacen parpadear mortecinamente la llama de las inquietudes cruceras.

A esta crisis de las hermandades no escapó la de la Santa Cruz de la Calle Sevilla, que en esa negativa década de los años treinta no pudo realizar ningún estreno de interés, años de crisis (falta de fondos, absentismo, mal estado de las insignias, falta de un local adecuado para guardarlas,...)

A finales de esa década había dejado de ser presidente una persona que ya era, en el seno de la Hermandad, toda una institución Don Fernando Salazar Suárez, aquel constante directivo que llegó a ser un consumado especialista en el arte de colocar en la sala a la Cruz “en el aire”, para admiración de propios y extraños. Salazar había ostentado la presidencia de la Hermandad desde 1920 y recientemente había sido nombrado Presidente Perpetuo de la misma, y ello -dicen las actas- “por sus desvelos, entusiasmo y fervor hacia nuestra Hermandad durante los muchos años que ocupó su presidencia”.

Conforme avanza la década de los cuarenta la situación moral y económica de la Hermandad se va restableciendo poco a poco, al tiempo que se van gestando nuevas bases. En el año 1948, representó para la Historia de la Hermandad un punto de inflexión, un antes y un después en su ya larga existencia.

Concretamente la fecha clave fue el 1 de mayo de ese año, cuando en el altar mayor de la parroquia palmerina fue solemnemente bendecida la Santa Cruz con su nuevo traje de plata repujada. Fue un acto multitudinario, oficiado por el Párroco Don Paulino Chaves Castaño y presenciado por la Junta Directiva de la Hermandad y por numerosos hermanos y fieles.

Apreciada obra de orfebrería confeccionada en los talleres del sevillano Don Manuel Seco Velasco, la Cruz con su nuevo traje fue todo un revulsivo que potenció cualitativamente el fervor crucero de la calle Sevilla. Este ambicioso proyecto comenzó a gestarse en septiembre de 1945, se impulsó más tarde en junio de 1947 y se hizo palpable realidad en mayo de 1948, suponiendo un gran desembolso, que hipotecó las arcas de la Hermandad.

Además del nuevo vestido de la Santa Cruz, aquel año se hicieron otros notables estrenos tales como las bandas bordadas en oro, las parihuelas del paso y sus faldones, nuevos ramos,....

Aquellas lujosas y brillantes novedades provocaron ese año en la calle Sevilla una gran rivalidad, en cuanto que varias familias se disputaban el honor de albergar en sus respectivas casas a la Santa Cruz recién engalanada. Al final, y para evitar compromisos, la Directiva adoptó una determinación salomónica decidiendo que la Cruz se instalaría en la casa de una familia ajena a aquella polémica.

Era la casa nº 28 de la calle Sevilla, propiedad de Don Manuel Osuna Suárez, un comerciante nervense afincado en La Palma quién, a partir de aquel año crucial de 1948, se hizo un ferviente crucero y, poco más tarde, un carismático y emprendedor Presidente de la Hermandad.               

Muy pronto, el 28 de octubre del mismo año, sería nombrado Presidente el citado Don Manuel Osuna. Con él comenzó una autentica “revolución” en el seno de la Hermandad, potenciando sobremanera los festejos populares en múltiples facetas, proliferación de Bandas de música, edición de programas literarios, Romeritos más sofisticados, presencia de las cámaras de NODO, tómbolas, visitas de ilustres personajes, animados bailes, y composición del Himno. Himno compuesto en Honor y Gloria de la “Santísima Cruz de la Calle Sevilla” por el que fuera excelente compositor y brillante Director de la Banda de Música Municipal de Sevilla, Don Pedro Braña, con letra del insigne poeta palmerino Don Pedro Alonso Morgado.

Un año más tarde, en 1949 la Hermandad estrena los respiraderos de plata , obra también de Seco, y el Simpecado de la Virgen, bordado en oro, con el varal de plata procedente de los mismos talleres de orfebrería, el cual lleva estampado un precioso óvalo a Nuestra Señora del Valle, obra del pintor sevillano Don Santiago Martínez.

La etapa presidencial de Osuna se extendió hasta el 30 de mayo de 1954 y marcó toda una época en la historia de la Hermandad.

A Don Manuel Osuna le sustituye un veterano directivo, Don Antonio Díaz Gil. Durante su breve presidencia se consiguió un importante estreno, los cuatro faroles y la Cruz de Guía, realizada así mismo en los talleres de Manuel Seco siguiendo el modelo de la Sacramental de la parroquia sevillana del Salvador.

En años siguientes, por lo demás, los festejos piomperos fueron incorporando una serie de atractivas novedades, el toro de fuego, nombramiento de Reina, nuevo estandarte, cortejo de honor, difusión en radio y televisión,...

Este galopante esplendor que por los años cincuenta venían adquiriendo los festejos encontró eco en la literatura local de la época. Por ejemplo, en el destacado poeta Don Pedro Alonso Morgado. A mediados de los cincuenta, concretamente en el año 1957, se hace cargo un carismático Presidente, Don Agustín Montes Suárez, cargo que desempeñaría hasta principios de los setenta.

Por esos mismos años cincuenta y sesenta las habitaciones anfitrionas de la Cruz van adquiriendo cada vez más exquisitez y riqueza decorativa, gracias al primor empleado por las personas encargadas de ornamentarlas. Incluso algunos documentos hablan ya de “la Sala y Altar de Cultos a la Santa Cruz”

“La Cruz en el aire” fue un secreto muy bien guardado desde los años veinte. Y una tradición que inevitablemente estaría abocada a desaparecer cuando la Santa Cruz dispusiese de ermita propia.

Estas salas-altar fueron precisamente un precedente directo y un estimulo, para dar el salto en busca de una ermita para la Santa Cruz.

Así mismo, y en mitad de la popular calle, se edificó la recoleta y preciosa Capilla de la Cruz, siendo bendecida e inaugurada el 8 de mayo de 1970, por el párroco de la ciudad, Don José Arrayás Mora. Obra en la que han intervenido un verdadero número de hermanos y devotos, dirigidos por destacados maestros como los hermanos Pérez Flores, Pavón Pérez, Benito Martínez, Manolito Martínez,... está en su interior luce, entre otras muchas obras de arte, cuadros del inolvidable sacerdote Don Juan Martínez Liñan, obras de Don Joaquín Moreno Daza,...

Al año siguiente la Hermandad acuerda nombrar en Cabildo General extraordinario de 5 de septiembre de 1971 Hermano Mayor Honorario a su Alteza Príncipe de Asturias a Don Juan Carlos de Borbón, futuro Rey de España, quien tuvo a bien aceptar dicha petición. Para tal acontecimiento se elaboró un pergamino que se hizó entrega a Don Juan Carlos a su paso por La palma el 30 de marzo de 1976, por el entonces Presidente Don Agustín Montes Suárez.

El 15 de marzo de 1979 se aprueban la renovación de los nuevos estatutos de la Hermandad. Siendo Presidente Don Rafael Medrano Ramírez, que asume la Presidencia tras el fallecimiento de Don Agustín Montes en el año 1978, y redactadas por el entonces Secretario Don Ricardo Cabrera Gómez, con la ayuda inestimable del Párroco Don José Arrayas Mora.  Estatutos que aparecen firmados por el Obispo Don Rafael Gonzalez Moralejo.

Fue bajo la presidencia de Don Manuel Díaz López, cuando el 27 de marzo de 1991, se le concede a la Hermandad, por el Rey de España Don Juan Carlos de Borbón, el título de Real. Momento y nombramiento que supuso para todos los piomperos un grandísimo orgullo, tras años de arduo trabajo. Es el reconocimiento a la labor callada de cientos y miles de piomperos que con su esfuerzo constante han hecho Real a esta humilde Hermandad.

Baja la misma tutela en la Presidencia, y en el mismo año nace en el seno de la Hermandad un grupo de jóvenes piomperos, denominados JOPI para los amigos. La labor callada de este grupo se ha visto en todo momento respaldada por las distintas Juntas de Gobierno que han co-existido con Jopi. Este grupo ha crecido a la sombra de la españada de la Capilla y con el amparo de la Hermandad, que en ningún momento ha intentado poner trabas a estos jóvenes, ya que ellos son el futuro, son el mañana de todas la Hermandades.

Una juventud, que se ha ido apoderando de las riendas de la Hermandad, una sabia nueva que ha ido tomado el relevo de nuestros mayores, manteniendo las mismas aspiraciones de dar culto a la Santa Cruz, a la vez que mantener una de las tradiciones más apegadas a nuestra localidad.

El año 1991 nos trajo a todos, los hermanos y simpatizantes de la Hermandad un motivo de grandísima alegría, rodeado de una profundísima religiosidad. En la mañana del 15 de agosto tenía lugar el hermanamiento de nuestra Hermandad con la de la Virgen del Valle. Dos Hermandades de nuestra ciudad unidas por el amor infinito a la Madre de Dios.

En el año 1995 se desarrollan las primeras elecciones en la Hermandad, para la elección de su Junta de Gobierno. Tras las exigencias del Obispado por el cual no podía seguir como Presidente de la misma Don Manuel Díaz López, asume la Presidencia Don Antonio Pino Montes, con el cual se produce un gran relevo gerenacional dentro de la Junta de Gobierno, pues toda ella pasa a ser de una gran juventud.

En estos últimos veinticinco años las diferentes Juntas de Gobierno han sabido mantener con brillantez unas tradicionales fiestas de mayo, conservando e enriqueciendo el excelente patrimonio de la Hermandad. Destacándose los nuevos sudarios, los ángeles de paso de la Santa cruz, encontrándose en ejecución la instalación de un nuevo techo de madera tallada

En este período se conmemoraron dos efemérides muy importantes, como el veinticinco aniversario de la construcción de la Capilla y el cincuentenario del cambio del traje de la Santa Cruz. Encontrándonos en una nueva conmemoración aún más importante, el centenario fundacional de la Hermandad. Coincidiendo con este la renovación de los estatutos exigida por el Obispado de Huelva, estatutos redactados bajo el estatuto marco por el actual secretario Don Francisco Rogelio Cabrera Pérez, y aprobados por Don Ignacio Noguer Carmona.